Elegía 

De que te estabas yendo
– un poco sin avisar
un poco secreto
en lo hueco de la noche;
que arropabas en tu gesto
la fatiga del reloj
que yacía mustio en una esquina
(que tu hueso plúmbeo
ya había deshojado)
¡Y yo sólo quería guardar mi pena
en uno de tus minutos!

De que se estaba yendo
entrando en un juego de sombras
– de la noche
del viajero
tu aliento que se decía último
y que moría en un sobresalto sombrío
– que se sabía indiscreto
que se sabía vivo.

Que en el olor de tus palabras
cortejaban absurdos
la música de las horas antiguas
mientras yo llenaba con mi llanto
tu mirada ya vacía
– y que alargaban tu vida
acortando su lamento.

Y para cuando mi lágrima
cuelgue marchita de tu chopo
guarda mi pena
en uno de tus minutos
– porque antes que mi pena
morirá callado mi sollozo. 


Humo

¿Y a mí quién me iba a decir que la nada estaría tan llena? Yo que pensaba que habitaba en el pudor de la mano que, en un gesto cortés, saca la rama del ojo de la Medusa, la deposita en el agua, la hunde bajo tierra, la deja entre las estrellas. No… Y ese vacío resuena en mí, en una reverberación implacable, esa nada que me obstruye el torso y hace que mis entrañas golpeen contra la pared interior de mi piel buscando un poco de aire. Y no estoy lejos de las piedras, de la luz mortecina que las distingue unas de otras, de la fría lluvia que pesa sobre la hierba crepitante. Y cómo me gustaría refugiarme por un instante en la fina línea que las dibuja, cómo me gustaría residir por un momento en el hueco espacio que deja la gota antes de caer cuando el viento aún no lo ha llenado. Cómo me gustaría olvidar esos gritos y esas quejas y poder decir al pueblo: “¡observad! ¡Yo ya no soy el trueno, yo ya no soy el rostro en el que el agua salpica! Mi figura ya no es la que corre bajo la tormenta, ¡ahora ya no voy a ninguna parte! ¡No! Ya no voy.” Y entonces la gente ya no caminaría, la gente ya no correría; se escabulliría en una danza aérea hacia allá dónde les esperasen. Para poder recorrer las calles húmedas, el asfalto mojado, matar al águila, a la serpiente, y reír y cantar debajo una espesa nube de niebla que me separara de la luz naranja de una farola. Y tomar esa luz como antes ella me había tomado, amasarla con las manos, decirle “ten, ahora será de ti lo que tenga que ser si no hubiera alguien que te encendiera y apagara a su merced y capricho; ahora ya nadie adorará tu apariencia ni flotarás en un río de tinta. Ahora válete por ti misma como llevamos haciéndolo desde que te conocemos los que se nos mojan los zapatos cuando llueve. Ten.”  Y mi ser ya no dependería de ningún océano y podría dejar descansar el arsenal, que ahora yo estaría a caballo entre el velo y la barca que se balancea tranquila. Y ya no habitaría en el para-cuando-deje de llover. Abriría la boca y dejaría que el agua entrara, para luego llorarla y fertilizar el subsuelo. O a lo mejor devendría humo. 

¿Es posible la opresión en la educación? N. I

Hay una clase de ideas que, por su naturaleza, se arraigan al imaginario colectivo; desde su posición desarrollan una estructura que les permite reafirmarse y vigorizarse adquiriendo pues una especie de instinto de supervivencia que, a su tiempo, permitirá que éstas se vuelvan inmunes al paso del tiempo, confiriéndoles una maleabilidad capaz de engañar no solo al ojo distraído sino también a la más férrea materialización de la voluntad humana. Aunque sea sólo a modo de elemento causal en la metáfora escrita. Nunca se puede acabar de establecer el pretexto adecuado para responder a la pregunta que se plantea, no al menos si se considera literalmente, como una cuestión a resolver, y no tal vez como una simple invitación a la reapertura de un debate tan necesario como falto de sustancia en el contexto actual. Sin embargo, el principio del texto era un prefacio a la remisión del concepto de cárcel panóptica establecido por los utilitaristas del siglo XVIII (refiriéndome principalmente a Foucault y a Bentham) en el que se entreveía la posible introducción de la parte tangible de la idea de “omniscencia invisible”. Se columbraba la idea de una prisión cilíndrica con el centro hueco, dónde las celdas se repartían a lo ancho y alto de las aristas de la construcción. El valor añadido a nivel arquitectónico del proyecto era la instalación de oficinas de vigilancia en el centro de la cárcel, de tal modo que los vigilantes pudieran observar y controlar a los presos sin que éstos últimos se percataran de que estaban siendo vigilados. Lo que se conseguía con esta idea era una sugestión al autocontrol hacia los presos, pues no podían saber si estaban siendo vigilados o no.

Introduzco el concepto para, mediante la alegoría, intentar empezar a enfocar bajo una óptica diferente a las ya consideradas ciertos patrones o aspectos susceptibles a mejora en el campo académico y de la educación por extensión. La comprensión de la naturaleza industrial de las raíces de lo escolar es vital para acabar de adecuar la imagen de la panóptica al estado actual de lo que se trata: entendiendo la institución de enseñanza no como el centro de concentración del saber sino como la poseedora del monopolio de lo necesario para estar preparado para la vida, tendríamos que substituir el hormigón de la oficina del vigilante por cristal transparente. Remitiéndome a la vida líquida de Bauman, la expresión omniscencia invisible peca de obsoleta por redundante. El estudiante vive enjaulado en un flagrante absurdismo, en una noción absolutamente contaminada y desprovista de libertad, llevado desde y por el sí-mismo en esa pétrea legitimación a nivel ajeno así como interior de lo ya establecido y el ablandamiento progresivo hacia un cambio que por miedo a su desconocida naturaleza acaba tildando de utopía; proyecto pues, que aún que nace en su propio seno, acaba rechazando en un ademán puramente mecánico. La redundancia en la omniscencia invisible se encuentra en que si algo no es invisible, no es verdaderamente omniscente, pues la coartación directa y explícita de lo que se supone que la libertad significa se condemna, no por su materia sino por su forma y nuestros antecedentes históricos, culturales y políticos.

FIN DE LA PARTE 1

Qué más da

Las peores ideas son aquellas que se le meten a uno entre ceja y ceja, aquellas que disponen de lo subcutáneo para enraizarse de un modo u otro, entrando así pues en lo más superficial, en lo más hondo -depende de la disposición cerebral del sujeto- de la caja última de resonancia de lo humano, que se espejan, que especulan, que se entraman con el vello supraocular y con la humedad facial y con la carne, que no le dejan a uno dormir ni pensar y hacen que vaya de acá para allá cubriéndose lo tomado con un sombrero o con un tocado a la última moda, pasando la mano en un ademán amistoso por la lana azul de un pulóver o apretándose la corbata de seda o de lino, golpeando suavemente el asfalto en sincronía con lo cardíaco con un bastón o una vara que sirve a su vez para ahuyentar a las palomas, a las gaviotas, al humo de un cigarrito o la espesa niebla de París si conviene, es cierto que las viejas costumbres nunca mueren, tal vez nunca son matadas, uno aprende a tolerarlas y a vivir con ellas y a relegarlas a un segundo plano cuando conviene, que a uno al final se le pasa la loca y se pasa el día recitando no-se-qué poesía o cantando por la casa, por el apartamento, con ese olor a perro, fluctuando entre lo habido y lo que está por venir y cualquier clase de intento de imposición de absoluto, pero que al final la vida de uno se acaba rigiendo por ceremonias y un ir y venir constante y ese eterno qué-cosa-hacer que se repite y se repite y va dando vueltas y al final a uno sólo le queda que si la botella de cinco francos, que si el vino es un digestivo mental, que si el otro día Gaveira llegó tarde fue porque tuvo que hacer la calle dos veces porque se le había caído una moneda entre dos adoquines y era su moneda de la suerte, que ponte en su papel, que si la empatía es el paso previo a la liberación colectiva de lo individual como cosmos, que che, alguien tiene que cambiar esa maldita bombilla que hace que no podamos vernos los rostros, que aquí uno se tiene que exponer como lo que es, así, a pecho abierto, entre lo agresivo y lo hospitalario como quien no quiere la cosa, pero sin propasarse, cada cual desde su sillón y con la cajetilla al alcance de la mano, que hoy en día ya no se fuma en cerrado y se está perdiendo la costumbre, que es una pena que el pibe ese se pase el día encerrado en la biblioteca, leyendo enciclopedias a razón alfabética, que si la realidad está aquí afuera, que si se pierde entre adverbios y conjunciones y la Revolución no se hizo desde la comodidad, ahí, criando almorranas, devorando páginas sólo para ser más gusano que lo consecuente al insalubre estado de la pieza, pero que todo es culpa del Gobierno, que no invierte en educación y en cultura y que nosotros estamos acá fingiendo que dormimos mientras allí en el Palacio los peones van de tres a cuatro a la baja, que eso no es si no un grotesco sarcasmo, una actitud cínica, suficientemente como para que uno la conozca probando sólo de la cultura popular, que esa sí es la de verdad y la que hacen las personas y el pueblo digno, y que evidentemente en semejante estado de la nación uno se pregunta de una forma inevitable si hay lugar para la literatura, así, sin más, belleza al por mayor como quien distribuye panfletos o cabezas de alfiler, y que tras un análisis adecuado uno se percata que no salen las cuentas, que al final lo queramos o no se infesta el lenguaje de tecnicismos y de corrección política y, claro, el único estado que importa es el de todos para todos, a coro, a una, que sólo la verdad nos hará libres, que tal vez no sepamos muy bien qué cosa es esa de libertad pero qué más da, al fin y al cabo es nuestra naturaleza y qué cosa se le puede hacer, uno no escoge cómo nace y si se nace libre pues se nace libre y se debe luchar para realizarse, que la trascendencia es un deber colectivo y que con la cosa esa de la duda metódica solo se hace que pisar sobre fregado, y sin embargo hay gente que pisa, y que pisa fuerte, y que a esa gente se le paga para pisar y qué carajo, si se le paga es porque alguien le habrá enseñado cómo se hace eso de pisar y qué potestad tenemos nosotros para cuestionar, para lastimar unos dedos de unos pies expertos, que esos no precisan de bastón ni de vara porque viven entre niebla estén donde estén, pero claro, en medio de toda esta situación, con su peliagudidad, con la invención de términos, pues al final se acaba por excusar de un modo u otro la locura y si bien es cierto que no somos griegos, que esos murieron hace mucho y que su idea acerca de la falta de cordura era muy distinta a la nuestra, pues vivían en un contexto diferente, allí hacia mejor tiempo y uno podía lidiar con más margen de maniobra, la decisión está tomada desde hace mucho y quién somos nosotros para desterrarla así, fríamente, limpiándonos las manos y mirando hacia otro lado, y pues si se precisa de pasar cuatro veces frente la misma farola en un solo trayecto pues se hace, y se respeta, que cada uno sobrevive como puede y a pesar de que no de muchos frutos el esfuerzo, el hecho de que sea algo activo ya hace que se merezca una mínima aprobación, que al fin y al cabo somos mucha gente y tiene que haber espacio para todos, en una especie de convenio colectivo de lo moral y lo ético y demás, todo y que esos conceptos son escurridizos y no merece demasiado la pena aturar la marcha para analizarlos porque lo que uno tiene que hacer es moverse, tirar adelante, ser el gigante de unos apoyado en hombros de otros y demás, y al fin y al cabo che, qué más da. 

INSTRUÇÕES PARA SOPRAR VELAS

Desde el proyecto de traducción de la universidad brasileña Estácio de Sá se me ofreció la traducción de uno de mis textos, Instrucciones para soplar unas velas. La traducción es la mostrada a continuación, aunque se puede ver también en la página web propia del proyecto.

Leia-se esta introdução como uma advertência, agressiva em sua justa medida, ao antipragmático, já que qualquer classe de aliteração conceitual com fim estético ou metafísico será obviada: para soprar velas, é preciso se munir, no mínimo, do indispensável: algumas velas, ora.

Soprar é, sem dúvida, um dos atos mais polivalentes que se pode realizar (além das velas, é possível soprar vidro, um carro pode soprar ou se pode soprar uma dama se o jogador se encontrar na situação em que sua peça dispõe de uma localização na qual a dama adversária está situada na casa imediatamente diagonal e, na mesma direção, a casa posterior está vazia), porém, sem mais delongas, nosso propósito não é reunir os diferentes significados que este vocábulo possa abranger, senão sua mera funcionalidade em um caso muito concreto: quando se sopra uma vela, geralmente, não é a massa cerosa cilíndrica que é insuflada, mas sim o fenômeno localizado na parte superior da mesma, caracterizado pela emissão de calor e luz na forma de chama (em referência sempre à massa gasosa no estado de combustão e não ao mamífero artiodátilo andino) conhecido mais vulgarmente como fogo. Assim, possuir um isqueiro, si não estiver demasiado angustiado com uma caixa de fósforos ou se se sente redundante com um maçarico, facilitará a tarefa final de soprar a vela de um modo drástico: sem fogo não há fogo para soprar e nos encontramos em uma época em que é necessário qualquer tipo de prevenção de natureza semântica.

Entramos agora em um terreno sem dúvida pantanoso, portanto, abstenha-se o iconoclasta de ler o parágrafo a seguir: soprar uma vela tomando-a com os dedos despe o ato de solenidade, do mesmo modo que se pode padecer injurias da família das queimaduras de primeiro e segundo grau em função do pulso daquele que a sustenta; a cera se queima e se derrete e é algo que não convém subestimar. Assim, é recomendável que se outorgue à cadeia um suporte, de preferência uma tarte Tatin, um macaron, um pithivier ou quelque chose de très française, se a pessoa se mata à la française com seus cigarros Gauloises, deve celebrar o fracasso da indústria tabagista francesa de la même façon. Uma vez escolhida sua peça de confeitaria, distribua por toda extensão de sua superfície os círios à velhice.

(Rogo que me permita um breve comentário -iconoclasta, rogo que siga obviando até o fim do manuscrito -: o número de velas costuma coincidir com o número de voltas em torno do Sol daquele que sopra. Você pode se deparar com o caso de ser um escritor eterno e de ter perdido a conta ou não possuir um número infinito de velas, em cujo caso, pode desenhar uma amarelinha no chão e lançar uma pedra para averiguar ou, simplesmente, jogar um dado). 

Uma vez dispostas as velas e tendo-se o material adequado para o ritual, chega o momento da execução. Esvazie os pulmões de ar, de fumaça e de metáforas; inspire profundamente -sem prejudicar seus brônquios, a penicilina é escassa e que outra coisa poder-se-ia esperar com esse temporal- e expila o ar com violência através de sua cavidade bucal, reforçando a potência da coluna eólica alargando um pouco os lábios e enrijecendo a abertura. (É recomendável que, antes de realizar semelhante prática, se estude a disposição do que é soprado a fim de mover a cabeça de acordo com um ponto de fuga e que de um só sopro possa apagar todas as velas).

Se você leu escrupulosamente o manual, deve agora dominar a técnica do sopro de velas. Não obstante, vivemos em um planeta com uma taxa tão extremamente elevada de analfabetismo funcional que a maioria dos humanos precisam de uma vida inteira para acabar de coordenar as instruções aqui reveladas.

FIM

P.S.1: O que acontece depois do sopro das velas (canções, hinos, costumes incômodos e etc.) não é de competência daquele que escreve nem do que redige. Você está abandonado à própria sorte.

P.S.2: Joyeux anniversaire, Mr Cortázar. 102 anos depois de seu nascimento, as pessoas continuam buscando pela Maga, aprendendo a chorar com suas instruções e buscando os Cronópios na Ópera parisiense. Grato de coração por ter existido.

Retrato de la artista como joven mujer

En el fondo, son sólo líneas. En el fondo, son sólo líneas. En el fondo… En el fondo, yo me perdía entre esas líneas. En el fondo, yo me perdía en las costuras de sus medias, en la desconfiada firmeza de sus manos, en el recorrer su espalda mientras ella dibujaba sólo líneas. Yo me perdía. La noche pasaba y no nos dábamos cuenta. La noche pasaba y ella dibujaba sólo líneas. Era como si por un momento nos hubiéramos ajenado mutuamente del tiempo. La noche pasaba, teorizábamos sobre la literatura, especulábamos sobre vidas de las que jamás formaríamos parte pero lo hacíamos. El vaso se vaciaba y se rellenaba. Pero no había tiempo. No lo había porque nos habíamos ajenado de él. No había tiempo porque no queríamos que lo hubiera, en aquella noche ni un beso hacía que llegáramos tarde donde fuere que nos esperaran, en aquella noche sólo estábamos nosotros, la literatura, una mirada perdida que actuaba de sucedáneo de paro. De paro momentáneo del tiempo. En aquella noche solo estábamos nosotros y un bolígrafo sobre servilleta. Un bolígrafo sobre servilleta y una pareja de borrachos. Aquella era la noche de dejar ocurrir lo que hubiera de ocurrir. Y ocurrió, ocurrió en una fotografía improvisada, tenía demasiada luz, era frontal, es muy difícil de dibujar. “Amor, yo te quiero pero pareces un monito. Pareces un monito pero quiero que nos dibujen. Ella dibuja muy bien, amor, quiero que lo haga. Sé que te estás durmiendo, sé que te quieres ir, pero amor, espera. Espera porque quiero que nos dibujen”. Y ella, como si no conociera ya la habilidad de su trazo, como si no supiera lo que produciría a partir de su creación, dibujaba sólo líneas. “Fírmalo”. Y ella, sorprendida, lo firmaba. Bolígrafo sobre servilleta. Doce de noviembre de dos mil dieciséis. Y yo me perdía. En su facción concentrada, en la osada idea de tener un breve acceso al universo dónde estaban ella y sus líneas. Yo me perdía.

Y fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que, realmente, el tiempo no había parado. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que estaba creciendo, de que estábamos creciendo, de que poco a poco la belleza que era capaz de crear empezaba a dejar huella. Y de que tenía el lujo de vivir de cerca la emoción que, con sólo líneas, era capaz de generar. Tenía el lujo de, desde una próxima lejanía, verla desarrollarse, verla llegar a ser lo que podía llegar a ser.

Pero, sin duda, lo que más me abrumó no fue la delicadeza en su trazo. Quizás, lo que más me abrumó fue pensar en que, mientras nuestras carnes se consumen, siempre habrá una porción perenne de ella en la casa de una borracha desconocida. En bolígrafo sobre servilleta.