¿Polaco? En la intimidad. 

En una época de debilidad, las crisis externas siempre sirven para exponer las crisis internas. Aún en el eco de lo sucedido en Les Rambles, un importante sector de la sociedad se ha escandalizado sobremanera alrededor de un tema que, tomando la expresión de Erich Fromm, en una sociedad sana no sería en ningún caso material de polémica. Estoy hablando del conflicto que ha suscitado que las autoridades catalanas y el major de los Mossos se dirigieran a la población y a la prensa en catalán. 

El #BuenoPuesMoltBéPuesAdiós ya ha llegado a Holanda. La confusión entre la bandera de Barcelona y la senyera en Madrid ya ha llenado todos los huecos de la red. El hecho de que el Partido Popular haya culpado al independentismo del atentado… Eso, bueno. Se debe haber traspapelado en algún archivo del Tribunal Constitucional. Cualquiera puede tener un desliz. 

Una vez más se culpa a Cataluña de, en su delirio nacionalista, tomar una postura hermética. Uno de los principales argumentos es que, siendo el incidente de interés nacional, toda España tiene derecho a estar informada. Quizás se deba a la longitud limitada de los twits, pero aún estoy esperando ver a alguien quejarse porque, bajo el mismo argumento, Puigdemont no informó en vasco ni en gallego. Seamos sinceros. Lo ocurrido en Barcelona no es preocupación solamente de España. La crisis del terrorismo es algo que se extiende a escala global y nos concierne a todos. Sin ir más lejos, en las recientes declaraciones de los detenidos por colaboración se informó que el atentado se planeó en Cataluña, en Francia y en Marruecos. ¿Debería Puigdemont haber hablado en francés, idioma oficial de la UE? ¿En árabe, lengua que hablan los vecinos de los reclutados por la Yihad? ¿En inglés, pues el problema es de escala mundial? 

La cuestión no es de carácter moral. Las autoridades catalanas no se equivocaron. No hay una decisión correcta. No hay una sola cultura, una sola comunidad a la que dirigirse frente a esto. El problema es transversal. 

Si echamos una ojeada a la constitución, vemos que el catalán está reconocida como lengua oficial de Cataluña. Y no nos vamos a engañar. Como catalán, he estudiado en catalán y con mi familia y amigos hablo en catalán. Jamás he tenido ningún problema por dirigirme a alguien en mi lengua materna ni en castellano. Dejando de lado los casos aislados, en Cataluña hay un rico bilingüismo del que estoy orgulloso. 

El problema se encuentra en la dimensión política que el bilingüismo catalán está tomando. Y no lo está tomando espontáneamente, a mi juicio estamos viviendo un desarrollo propio de un país que no ha cortado de manera tajante con un fascismo que, queramos o no, es nuestro pasado. Sin ir más lejos, aún no consigo entender si lo que he dicho no es cierto cómo una bandera estelada o una  tricolor son inconstitucionales pero se permite por ley que podamos ser gobernados por la Falange. 

La nostalgia fascista que explica la polémica actual es exactamente la misma que la del guardia civil que escuchaba hablar catalán por la calle y tenía potestad para amonestar. Evidentemente, salvando las distancias. El que se molesta porque el jefe de la policía catalana habla en su idioma no lo hace, como se argumenta, porque no se entiende. Uno se puede dirigir a los Mossos en catalán, castellano y hasta en inglés (este último caso también es inconstitucional, al parecer). Molesta porque aún no se ha aceptado que una lengua autonómica no es un privilegio de la constitución, sino una herencia histórica, una muestra de identidad. Cuando hablo catalán no lo hago para no hablar en castellano, lo hago porque es mi lengua materna

Cuando hablo catalán no lo hago para no hablar en castellano, lo hago porque es mi lengua materna. 

Parece ser que, al menos a nivel institucional, España no ha reconocido su plurinacionalidad. Que si nuestro govern habla en catalán, se pueden poner subtítulos. Que si es una rueda de prensa, tenemos miles de estudiantes que cursan el grado de Traducción e Interpretación y tienen que buscarse la vida en bares y supermercados. 

Me parece todo un despilfarro de hipocresía. Hablar en catalán no es una falta de respeto a la lengua española, del mismo modo que tampoco sería mostrar respeto al castellano si nuestras autoridades hubieran declarado en esta lengua. Paradójico como pueda parecer, la verdadera falta de respeto al castellano se hace desde Madrid. Recortando las subvenciones en cultura, impidiendo la viabilidad económica de proyectos artísticos, sacando literatura hispánica y filosofía del currículo obligatorio, subiendo el IVA cultural, marcando unos precios inalcanzables para la mayoría de españoles en cine y teatro, etcétera. Eso es faltar el respeto a la lengua de Cervanes y no hablar catalán en una rueda de prensa. 

El paternalismo fascista del gobierno central hacia las regiones históricas aún sigue vivo. Porque es cierto. Ya no nos molesta que en Cataluña se hable o enseñe catalán. Ya nadie va a ir a la cárcel por ello. Pero la actitud es la misma. El catalán se habla en la intimidad de vuestra región. Cuando os tengáis que dirigir al mundo, hablad en cristiano. 

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BCNAmbTu

Un par de días después del fatal atentado en Barcelona, decidí dar un paseo por las Ramblas. Parece ser que la esfera digital no queda limitada solamente a nuestros dispositivos: viniendo de la Rambla Catalunya, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de medios de comunicación que había. Al espíritu de la sobreinformación no le bastaba con colapsar nuestras redes sociales; las calles del centro de Barcelona corrían la misma suerte.

Quizás uno encuentra lo que busca, quién sabe. Sin embargo, la segunda cuestión que más me llamó la atención fueron la cantidad de altares y memoriales improvisados que reunían la curiosidad y solidaridad a partes iguales de la gente que paseaba por ahí. Oh, sí. Había mucha más gente que habitualmente. Algunos lo llamaran valentía, otros morbo. Me escudo en la ambigüedad.

Desde la boca del metro, decido cruzar la Rambla e ir hasta la Boqueria para tomarme un café. A medida que voy avanzando y a razón de uno por altar, hay hombres que aprovechan la atención de los presentes y su sensibilidad agudizada por lo acontecido para improvisar un agresivo discurso político. Culpa, rabia. No hay ni una sola figura pública que se salve de unos ataques llenos de bilis.

Intento escuchar uno. Un hombre de unos cincuenta años, con un cigarro en una mano y una lata de cerveza en la otra, alimenta con calumnias las miradas llenas de rabia de su público de no más de diez personas. Una turista hasta se atreve a grabarle. El hombre hace amagos de irse, pero su audiencia, emocionada, le dispara preguntas abiertas para que se quede. La gente viene y se va, algunos le dan la razón con una cara de profunda seriedad y luego continúan con su paseo y con su vida. Pienso que con lo que dice, por menos se ha degollado a emperadores. Supongo que hoy en día poca gente se atreve a lidiar con el IBI de una guillotina.

Cansado de un discurso que amenaza con no acabar nunca, me acerco a una cafetería y pido un espresso para llevar. Enfrente de la puerta, ya en la calle, me pongo un azucarillo. En ese momento, veo a una chica de poco menos de 20 años caminar apresurada. Con la presencia policial y los nervios a flor de piel, me temo lo peor. Sin embargo, me doy cuenta que la joven no huía de un yihadista sino de los comentarios obscenos de un grupo de jóvenes tan musculosos como impertinentes. Mi falta de sangre fría me impide decirles algo. Con los primeros sorbos de mi café, me doy cuenta de que eso no se considera terrorismo. Sin embargo, no puedo evitar ver en el miedo de la chica que ya se confunde entre la multitud el mismo terror que la gente que huía del loco con la metralleta. Supongo que hay cosas que, por muchas catástrofes que ocurran, jamás cambian. Me seco una lágrima amarga producida por la rabia de no haber sido capaz de decir nada y, como todos los presentes, continúo con mi paseo.

Me adentro en el carrer Tallers hasta llegar a la plaza Castilla. Encuentro un banco solo y me siento para retomar el aliento. Tengo que aceptar que, a pesar de pasar por ahí cada día, en ese momento todo se me hace demasiado grande. Las dimensiones de los edificios se más hacen grotescas, los Mossos bajando de sus furgones armados y con su boina, interminables, el barullo de la multitud, insoportable. Y entonces me acuerdo de lo que se me ha repetido hasta la saciedad: “No tengas miedo. Sigue con tu vida con normalidad. De lo contrario, los terroristas ganan”.

Y, quizás bajo la lente magnificante por la cual veo todo en ese momento, no puedo no sentir el gusto del cinismo en mi boca. Se me hace inevitable ver un cierto orgullo en cómo se está gestionando lo sucedido. Me basta con abrir el móvil para recibir por igual mensajes moralistas que me invitan a reflexionar sobre lo malos que somos y la situación en Oriente Medio, reflexiones en contra de la islamofobia, discursos racistas y, cómo no, chistes y humor negro. Y sólo veo confusión.

Me parece sumamente arrogante pensar que podemos posicionarnos frente a ésto. Veo en el pensar que podemos ganar o perder al terrorismo un craso error. Cualquier discurso moral no hace más que destilar la profunda decadencia ética y falta de pensamiento en la que vivimos. No entiendo como un dibujo de Barcelona y un crespón negro, aliñado con banderas a media asta, pueden significar una reflexión acerca de lo que está ocurriendo. En la frase “no a la islamofobia” que todo el mundo (sensato) comparte en sus redes no veo una comprensión real del sufrimiento del musulman que tiene que caminar por la calle con la cabeza gacha, no veo que se entienda que esta comunidad tiene que vivir al lado de terroristas. No veo que la gente entienda el temor de una madre musulmana en pensar que su hijo puede estar siendo radicalizado en su propia mezquita. Solamente veo fachada. Solamente veo un brindis al sol acompañado con un “eh, occidentales. No vayáis a pensar que soy fascista. Respetadme.”

Pensar que debemos ganar al terrorismo, a mi juicio, simplemente es continuar con nuestra visión por la cual el hombre occidental es el centro del universo. Que el problema se soluciona volviendo a pasear por las Ramblas o cogiendo el tren. Qué fácil sería todo. ¿Que matas a 15 personas? Paseo por las Ramblas. ¿Que tu hijo está fabricando explosivos? Paseo por las Ramblas. ¿Que soy consciente que mi país es el principal exportador de armas a Oriente Medio, lo comparto en las redes, no me doy cuenta de que quizás tendríamos que hacer más hincapié en las políticas exteriores cuando ejercemos nuestro derecho a voto y consiento que en mi congreso puedan entrar formaciones políticas de ultraderecha y, sin ir más lejos, el partido heredero del dictador que hace solamente 40 años aún gobernaba mi país? Paseo por las Ramblas. Y hasta voy a coger el metro y voy a dejar una vela.

Creo que no somos conscientes de la irrevocabilidad de nuestros actos. Que simplemente estamos jugando a ser solidarios. Que aunque nuestro sufrimiento sea real, somos incapaces de organizarnos para atacar el problema. Que no estamos pensando. Que mostrar un duelo es simplemente atrezzo. Que es lo que nos es cómodo. Porque buscamos eso. Sea lo que sea que pase, venga de dónde venga el problema, sea cual sea nuestra circunstancia, vamos a tomar la opción cómoda. Porque darse cuenta de que estamos alienados, es incómodo. Y nos pueden quitar nuestros derechos. Puede morir gente. Podemos no ser más que víscera y contradicción. Podemos no reflexionar. Pero la comodidad, que no nos la toquen.

Elegía 

De que te estabas yendo
– un poco sin avisar
un poco secreto
en lo hueco de la noche;
que arropabas en tu gesto
la fatiga del reloj
que yacía mustio en una esquina
(que tu hueso plúmbeo
ya había deshojado)
¡Y yo sólo quería guardar mi pena
en uno de tus minutos!

De que se estaba yendo
entrando en un juego de sombras
– de la noche
del viajero
tu aliento que se decía último
y que moría en un sobresalto sombrío
– que se sabía indiscreto
que se sabía vivo.

Que en el olor de tus palabras
cortejaban absurdos
la música de las horas antiguas
mientras yo llenaba con mi llanto
tu mirada ya vacía
– y que alargaban tu vida
acortando su lamento.

Y para cuando mi lágrima
cuelgue marchita de tu chopo
guarda mi pena
en uno de tus minutos
– porque antes que mi pena
morirá callado mi sollozo. 


Humo

¿Y a mí quién me iba a decir que la nada estaría tan llena? Yo que pensaba que habitaba en el pudor de la mano que, en un gesto cortés, saca la rama del ojo de la Medusa, la deposita en el agua, la hunde bajo tierra, la deja entre las estrellas. No… Y ese vacío resuena en mí, en una reverberación implacable, esa nada que me obstruye el torso y hace que mis entrañas golpeen contra la pared interior de mi piel buscando un poco de aire. Y no estoy lejos de las piedras, de la luz mortecina que las distingue unas de otras, de la fría lluvia que pesa sobre la hierba crepitante. Y cómo me gustaría refugiarme por un instante en la fina línea que las dibuja, cómo me gustaría residir por un momento en el hueco espacio que deja la gota antes de caer cuando el viento aún no lo ha llenado. Cómo me gustaría olvidar esos gritos y esas quejas y poder decir al pueblo: “¡observad! ¡Yo ya no soy el trueno, yo ya no soy el rostro en el que el agua salpica! Mi figura ya no es la que corre bajo la tormenta, ¡ahora ya no voy a ninguna parte! ¡No! Ya no voy.” Y entonces la gente ya no caminaría, la gente ya no correría; se escabulliría en una danza aérea hacia allá dónde les esperasen. Para poder recorrer las calles húmedas, el asfalto mojado, matar al águila, a la serpiente, y reír y cantar debajo una espesa nube de niebla que me separara de la luz naranja de una farola. Y tomar esa luz como antes ella me había tomado, amasarla con las manos, decirle “ten, ahora será de ti lo que tenga que ser si no hubiera alguien que te encendiera y apagara a su merced y capricho; ahora ya nadie adorará tu apariencia ni flotarás en un río de tinta. Ahora válete por ti misma como llevamos haciéndolo desde que te conocemos los que se nos mojan los zapatos cuando llueve. Ten.”  Y mi ser ya no dependería de ningún océano y podría dejar descansar el arsenal, que ahora yo estaría a caballo entre el velo y la barca que se balancea tranquila. Y ya no habitaría en el para-cuando-deje de llover. Abriría la boca y dejaría que el agua entrara, para luego llorarla y fertilizar el subsuelo. O a lo mejor devendría humo. 

¿Es posible la opresión en la educación? N. I

Hay una clase de ideas que, por su naturaleza, se arraigan al imaginario colectivo; desde su posición desarrollan una estructura que les permite reafirmarse y vigorizarse adquiriendo pues una especie de instinto de supervivencia que, a su tiempo, permitirá que éstas se vuelvan inmunes al paso del tiempo, confiriéndoles una maleabilidad capaz de engañar no solo al ojo distraído sino también a la más férrea materialización de la voluntad humana. Aunque sea sólo a modo de elemento causal en la metáfora escrita. Nunca se puede acabar de establecer el pretexto adecuado para responder a la pregunta que se plantea, no al menos si se considera literalmente, como una cuestión a resolver, y no tal vez como una simple invitación a la reapertura de un debate tan necesario como falto de sustancia en el contexto actual. Sin embargo, el principio del texto era un prefacio a la remisión del concepto de cárcel panóptica establecido por los utilitaristas del siglo XVIII (refiriéndome principalmente a Foucault y a Bentham) en el que se entreveía la posible introducción de la parte tangible de la idea de “omniscencia invisible”. Se columbraba la idea de una prisión cilíndrica con el centro hueco, dónde las celdas se repartían a lo ancho y alto de las aristas de la construcción. El valor añadido a nivel arquitectónico del proyecto era la instalación de oficinas de vigilancia en el centro de la cárcel, de tal modo que los vigilantes pudieran observar y controlar a los presos sin que éstos últimos se percataran de que estaban siendo vigilados. Lo que se conseguía con esta idea era una sugestión al autocontrol hacia los presos, pues no podían saber si estaban siendo vigilados o no.

Introduzco el concepto para, mediante la alegoría, intentar empezar a enfocar bajo una óptica diferente a las ya consideradas ciertos patrones o aspectos susceptibles a mejora en el campo académico y de la educación por extensión. La comprensión de la naturaleza industrial de las raíces de lo escolar es vital para acabar de adecuar la imagen de la panóptica al estado actual de lo que se trata: entendiendo la institución de enseñanza no como el centro de concentración del saber sino como la poseedora del monopolio de lo necesario para estar preparado para la vida, tendríamos que substituir el hormigón de la oficina del vigilante por cristal transparente. Remitiéndome a la vida líquida de Bauman, la expresión omniscencia invisible peca de obsoleta por redundante. El estudiante vive enjaulado en un flagrante absurdismo, en una noción absolutamente contaminada y desprovista de libertad, llevado desde y por el sí-mismo en esa pétrea legitimación a nivel ajeno así como interior de lo ya establecido y el ablandamiento progresivo hacia un cambio que por miedo a su desconocida naturaleza acaba tildando de utopía; proyecto pues, que aún que nace en su propio seno, acaba rechazando en un ademán puramente mecánico. La redundancia en la omniscencia invisible se encuentra en que si algo no es invisible, no es verdaderamente omniscente, pues la coartación directa y explícita de lo que se supone que la libertad significa se condemna, no por su materia sino por su forma y nuestros antecedentes históricos, culturales y políticos.

FIN DE LA PARTE 1

Qué más da

Las peores ideas son aquellas que se le meten a uno entre ceja y ceja, aquellas que disponen de lo subcutáneo para enraizarse de un modo u otro, entrando así pues en lo más superficial, en lo más hondo -depende de la disposición cerebral del sujeto- de la caja última de resonancia de lo humano, que se espejan, que especulan, que se entraman con el vello supraocular y con la humedad facial y con la carne, que no le dejan a uno dormir ni pensar y hacen que vaya de acá para allá cubriéndose lo tomado con un sombrero o con un tocado a la última moda, pasando la mano en un ademán amistoso por la lana azul de un pulóver o apretándose la corbata de seda o de lino, golpeando suavemente el asfalto en sincronía con lo cardíaco con un bastón o una vara que sirve a su vez para ahuyentar a las palomas, a las gaviotas, al humo de un cigarrito o la espesa niebla de París si conviene, es cierto que las viejas costumbres nunca mueren, tal vez nunca son matadas, uno aprende a tolerarlas y a vivir con ellas y a relegarlas a un segundo plano cuando conviene, que a uno al final se le pasa la loca y se pasa el día recitando no-se-qué poesía o cantando por la casa, por el apartamento, con ese olor a perro, fluctuando entre lo habido y lo que está por venir y cualquier clase de intento de imposición de absoluto, pero que al final la vida de uno se acaba rigiendo por ceremonias y un ir y venir constante y ese eterno qué-cosa-hacer que se repite y se repite y va dando vueltas y al final a uno sólo le queda que si la botella de cinco francos, que si el vino es un digestivo mental, que si el otro día Gaveira llegó tarde fue porque tuvo que hacer la calle dos veces porque se le había caído una moneda entre dos adoquines y era su moneda de la suerte, que ponte en su papel, que si la empatía es el paso previo a la liberación colectiva de lo individual como cosmos, que che, alguien tiene que cambiar esa maldita bombilla que hace que no podamos vernos los rostros, que aquí uno se tiene que exponer como lo que es, así, a pecho abierto, entre lo agresivo y lo hospitalario como quien no quiere la cosa, pero sin propasarse, cada cual desde su sillón y con la cajetilla al alcance de la mano, que hoy en día ya no se fuma en cerrado y se está perdiendo la costumbre, que es una pena que el pibe ese se pase el día encerrado en la biblioteca, leyendo enciclopedias a razón alfabética, que si la realidad está aquí afuera, que si se pierde entre adverbios y conjunciones y la Revolución no se hizo desde la comodidad, ahí, criando almorranas, devorando páginas sólo para ser más gusano que lo consecuente al insalubre estado de la pieza, pero que todo es culpa del Gobierno, que no invierte en educación y en cultura y que nosotros estamos acá fingiendo que dormimos mientras allí en el Palacio los peones van de tres a cuatro a la baja, que eso no es si no un grotesco sarcasmo, una actitud cínica, suficientemente como para que uno la conozca probando sólo de la cultura popular, que esa sí es la de verdad y la que hacen las personas y el pueblo digno, y que evidentemente en semejante estado de la nación uno se pregunta de una forma inevitable si hay lugar para la literatura, así, sin más, belleza al por mayor como quien distribuye panfletos o cabezas de alfiler, y que tras un análisis adecuado uno se percata que no salen las cuentas, que al final lo queramos o no se infesta el lenguaje de tecnicismos y de corrección política y, claro, el único estado que importa es el de todos para todos, a coro, a una, que sólo la verdad nos hará libres, que tal vez no sepamos muy bien qué cosa es esa de libertad pero qué más da, al fin y al cabo es nuestra naturaleza y qué cosa se le puede hacer, uno no escoge cómo nace y si se nace libre pues se nace libre y se debe luchar para realizarse, que la trascendencia es un deber colectivo y que con la cosa esa de la duda metódica solo se hace que pisar sobre fregado, y sin embargo hay gente que pisa, y que pisa fuerte, y que a esa gente se le paga para pisar y qué carajo, si se le paga es porque alguien le habrá enseñado cómo se hace eso de pisar y qué potestad tenemos nosotros para cuestionar, para lastimar unos dedos de unos pies expertos, que esos no precisan de bastón ni de vara porque viven entre niebla estén donde estén, pero claro, en medio de toda esta situación, con su peliagudidad, con la invención de términos, pues al final se acaba por excusar de un modo u otro la locura y si bien es cierto que no somos griegos, que esos murieron hace mucho y que su idea acerca de la falta de cordura era muy distinta a la nuestra, pues vivían en un contexto diferente, allí hacia mejor tiempo y uno podía lidiar con más margen de maniobra, la decisión está tomada desde hace mucho y quién somos nosotros para desterrarla así, fríamente, limpiándonos las manos y mirando hacia otro lado, y pues si se precisa de pasar cuatro veces frente la misma farola en un solo trayecto pues se hace, y se respeta, que cada uno sobrevive como puede y a pesar de que no de muchos frutos el esfuerzo, el hecho de que sea algo activo ya hace que se merezca una mínima aprobación, que al fin y al cabo somos mucha gente y tiene que haber espacio para todos, en una especie de convenio colectivo de lo moral y lo ético y demás, todo y que esos conceptos son escurridizos y no merece demasiado la pena aturar la marcha para analizarlos porque lo que uno tiene que hacer es moverse, tirar adelante, ser el gigante de unos apoyado en hombros de otros y demás, y al fin y al cabo che, qué más da. 

INSTRUÇÕES PARA SOPRAR VELAS

Desde el proyecto de traducción de la universidad brasileña Estácio de Sá se me ofreció la traducción de uno de mis textos, Instrucciones para soplar unas velas. La traducción es la mostrada a continuación, aunque se puede ver también en la página web propia del proyecto.

Leia-se esta introdução como uma advertência, agressiva em sua justa medida, ao antipragmático, já que qualquer classe de aliteração conceitual com fim estético ou metafísico será obviada: para soprar velas, é preciso se munir, no mínimo, do indispensável: algumas velas, ora.

Soprar é, sem dúvida, um dos atos mais polivalentes que se pode realizar (além das velas, é possível soprar vidro, um carro pode soprar ou se pode soprar uma dama se o jogador se encontrar na situação em que sua peça dispõe de uma localização na qual a dama adversária está situada na casa imediatamente diagonal e, na mesma direção, a casa posterior está vazia), porém, sem mais delongas, nosso propósito não é reunir os diferentes significados que este vocábulo possa abranger, senão sua mera funcionalidade em um caso muito concreto: quando se sopra uma vela, geralmente, não é a massa cerosa cilíndrica que é insuflada, mas sim o fenômeno localizado na parte superior da mesma, caracterizado pela emissão de calor e luz na forma de chama (em referência sempre à massa gasosa no estado de combustão e não ao mamífero artiodátilo andino) conhecido mais vulgarmente como fogo. Assim, possuir um isqueiro, si não estiver demasiado angustiado com uma caixa de fósforos ou se se sente redundante com um maçarico, facilitará a tarefa final de soprar a vela de um modo drástico: sem fogo não há fogo para soprar e nos encontramos em uma época em que é necessário qualquer tipo de prevenção de natureza semântica.

Entramos agora em um terreno sem dúvida pantanoso, portanto, abstenha-se o iconoclasta de ler o parágrafo a seguir: soprar uma vela tomando-a com os dedos despe o ato de solenidade, do mesmo modo que se pode padecer injurias da família das queimaduras de primeiro e segundo grau em função do pulso daquele que a sustenta; a cera se queima e se derrete e é algo que não convém subestimar. Assim, é recomendável que se outorgue à cadeia um suporte, de preferência uma tarte Tatin, um macaron, um pithivier ou quelque chose de très française, se a pessoa se mata à la française com seus cigarros Gauloises, deve celebrar o fracasso da indústria tabagista francesa de la même façon. Uma vez escolhida sua peça de confeitaria, distribua por toda extensão de sua superfície os círios à velhice.

(Rogo que me permita um breve comentário -iconoclasta, rogo que siga obviando até o fim do manuscrito -: o número de velas costuma coincidir com o número de voltas em torno do Sol daquele que sopra. Você pode se deparar com o caso de ser um escritor eterno e de ter perdido a conta ou não possuir um número infinito de velas, em cujo caso, pode desenhar uma amarelinha no chão e lançar uma pedra para averiguar ou, simplesmente, jogar um dado). 

Uma vez dispostas as velas e tendo-se o material adequado para o ritual, chega o momento da execução. Esvazie os pulmões de ar, de fumaça e de metáforas; inspire profundamente -sem prejudicar seus brônquios, a penicilina é escassa e que outra coisa poder-se-ia esperar com esse temporal- e expila o ar com violência através de sua cavidade bucal, reforçando a potência da coluna eólica alargando um pouco os lábios e enrijecendo a abertura. (É recomendável que, antes de realizar semelhante prática, se estude a disposição do que é soprado a fim de mover a cabeça de acordo com um ponto de fuga e que de um só sopro possa apagar todas as velas).

Se você leu escrupulosamente o manual, deve agora dominar a técnica do sopro de velas. Não obstante, vivemos em um planeta com uma taxa tão extremamente elevada de analfabetismo funcional que a maioria dos humanos precisam de uma vida inteira para acabar de coordenar as instruções aqui reveladas.

FIM

P.S.1: O que acontece depois do sopro das velas (canções, hinos, costumes incômodos e etc.) não é de competência daquele que escreve nem do que redige. Você está abandonado à própria sorte.

P.S.2: Joyeux anniversaire, Mr Cortázar. 102 anos depois de seu nascimento, as pessoas continuam buscando pela Maga, aprendendo a chorar com suas instruções e buscando os Cronópios na Ópera parisiense. Grato de coração por ter existido.